<<Hasta el bien y el mal son anónimos en el mundo moderno.>>
Nicolás Gómez Dávila
Compramos el tiempo de otros que sale más barato de lo que nos cuesta ganar el nuestro, compramos tiempos de otros para que hagan cosas nuestras porque nosotros no tenemos tiempo. Si trabajo para comprar tiempo de otros porque yo no tengo tiempo de hacer tareas cotidianas, ¿no estamos perdiendo el tiempo?
Solo unos pocos pueden comprar mucho tiempo de otros sin que a su vez, tengan ellos que gastar mucho del suyo para poder hacerlo. El resto, vivimos con la ilusión de encontrar y acceder a sucesivas comodidades y comprar servicios que nos ahorrarán tiempo, porque no tenemos mucho tiempo, pero si tuviéramos más tiempo, quizás no necesitaríamos comprar cosas para ahorrar tiempo.
El Mundo Moderno planifica un marco mental que sostiene nuestra sociedad como una sociedad de los inmunes, de parias, cuya máxima en la vida es la aspiración a dejar de serlo, pero ni siquiera el resto de nuestra vida cual "american dream", sino en pequeñas dosis: soy una servilleta, vale, pero en cuanto puedo me convierto en mantel.
En la esfera atea y liberal del consumo, de la apariencia, puedo obtener válvulas de patricio que estimulan y amortiguan la sobredosis de plebeyo cotidiano. “Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos”, decía Tyler Durden; cada vez más ni siquiera eso.
Toda una industria que gira alrededor del tiempo trabaja para que te adaptes, para que asumas tu culpa, para que aprendas a gestionar tu tiempo –time management-, para que superes tus temores y traumas, para que mejores tus habilidades sociales, para obligarte a ser siempre positivo, frases hechas y lugares comunes que se reducen a ti y a ti: coaching, autoayuda, pastillas para los que no aguanten el tirón de la competición y exclusión para los que se quedan fuera.
Yo quiero quedarme fuera para romper , a pedradas de fe, su palacio de cristal.
Reconquista tu Espíritu.
La Tradición representa el salto de lo finito a lo infinito, del mundo al trasmundo, de la naturaleza a la Gracia -y para ello no hay ningún camino sino el que Dios quiere crear - y vivirla supone la más grande, la más auténtica osadía a la que el hombre es dado atreverse.
Aceptar este fuego y no arder en él, he aquí la osadía. Recibir en si el amor ardiente y no convertirse en ceniza, he aquí la gran osadía.
Amar la civilización -que no es poca cosa- significa, no sólo aceptar, sino amar la cultura que la forjó. Amar esa cultura significa vivirla... sobre todo si queremos participar de ella y construir futuro a cada paso.
Esa cultura no es otra cosa que la expresión sociológica de una fe, la expresión tangible, el anhelo social compartido por la mayoría de los individuos que forman parte de esa cultura y que crean civilización. Con ello no quiero decir que todas las personas que forman parte de una sociedad posean la misma fe, ni tan siquiera que deban tener un sentido trascendente de la vida , no obstante , si quieren vivir esa cultura ,esa civilización, cuanto menos deben de respetar esa fe y conservarla como algo sagrado, aunque no la practiquen, aunque les traiga sin cuidado.
La civilización se destruye, la cultura languidece, en el momento en que esa fe puesta en algo supremo, en un camino conjunto y comunitario hacia un fin superior se rebaja a la simple confianza en el ser humano como objetivo absoluto; esto se ha traducido históricamente a la dependencia absoluta del estado, qué es la nueva fe del hombre moderno: infantilizado en sus obligaciones, sometido en sus anhelos, disminuido e incapacitado a la simple figura legal y administrativa de ciudadano.
La cultura por tanto muere y la civilización desaparece. El hombre ya no sabe crear y vive en un constante intento de transgredir aquello que ya está por los suelos, de buscar la sorpresa , de abrazar lo absurdo.
Esto podría ocurrir si un creciente control técnico del Estado sobre la vida y el pensamiento de sus miembros coincidiera con una decadencia cualitativa en el nivel de nuestra cultura.
Muere la fe, nace la ideología.
Una ideología qué es el sustituto ciudadano de la fe, en el sentido moderno de la palabra , es muy diferente de ésta, aunque tiende a llenar las mismas funciones sociológicas. Es la obra del hombre, un instrumento por el cual la voluntad política consciente trata de amoldar la tradición social a sus designios.
Pero la fe mira más allá del mundo del hombre y sus obras, lleva al hombre a un grado de realidad más alto y más universal que el mundo temporal y finito al que pertenecen el estado y el orden económico. Por ende, introduce en la vida humana un elemento de libertad espiritual que puede tener influencia creadora y transformadora en la cultura social de los hombres y en su destino histórico, así como en su propia experiencia interior.
Este es el proceso que está ya prácticamente consumado en el occidente moderno como mundo que se destruye frente a otras civilizaciones crecientes, jóvenes y con fuerza, que vienen detrás de nosotros con alegría y esperanza, con capacidad de sacrificio y de lucha y sobre todo valiente.
¿Os queréis suicidar? está bien, no tengo problema , pero no contéis conmigo.