miércoles, 12 de febrero de 2014

Somos hombres de otro siglo (XIII): Al tiempo, con las manos llenas.


Que no se detiene, ni podemos tomarle en las manos para guardarlo cerca y mirarlo una y otra vez, como se va quedando pequeño, y viejo. El tiempo pasa, y lo que ahora, justamente cuando digo, pasa, ya no volverá, hermano, para que, arrepentido, pueda ofrecerme de nuevo.

La nostalgia, que ya dije que es lastre,  anda cerca del ánimo cuando se escribe sobre esto del tiempo. Ni se dice si perdido, o si ganado. La nostalgia anda cerca del ánimo porque, uno quisiera detener el tiempo unas veces, otras que corriese veloz como potros sin frenos y, aquellas otras, que volviese atrás para volver a vivir aquello que no supimos vivir porque aún no sabíamos que el tiempo iba tan aprisa…tan aprisa. 

En las iglesias de nuestros pueblos hay una marca del tiempo que lógicamente, no sé por qué, no le es dado tener a los hombres. La marca del tiempo, muy viejo, muy viejo… y al contemplar nuestra Castilla, reinvento olores de vela e incienso, imágenes que alumbran castillos y fortalezas con alcaides de tiempos viejos; el tiempo se detiene y añoro el pasado sin meditar. Sin meditar sobre el tiempo, para saber perderlo, porque me dicen que perderlo, creo, se está perdiendo siempre, aunque gane para más adelante el cielo… quizá.

Seguro que es así el tiempo.

Es curioso que a mis 31 años, en ocasiones, siento que me voy haciendo viejo, y lo he sentido más y más esta tarde, cuando vi como ellas, mis hijas, al salir del colegio, corrían y jugaban y reían, mientras yo pensaba - porque tenía la obligación de pensar - por ellas como por mí pensaban cuando yo no pensaba.

El tiempo es un rezo a Dios y es bueno que se nos vaya como cuentas de Rosario,  en cuyas estaciones -quizás cumpleaños, quizás onomásticas- hacemos un alto. Lento, muy lento, para meditar sobre la mesa o sobre suelo de la iglesia.

Que el tiempo no se detiene es verdad, y hay que llenarse las manos de obras buenas, bien hechas, sinceramente hechas. Medita esto mientras rezas y habrás comprendido todo.

Con las manos llenas, cojamos el tiempo con obras. Así, hermano, hay que tomarlo, aunque él se nos escape y queden las obras, que esto es lo que queremos tú y yo. Lo demás, es Ley de vida que se vaya el tiempo cómo se fue la niñez y se irá la juventud.  Y al contemplar hacia atrás el tiempo vivido, exclamamos ¡Dios mío! ¡Qué tremendo es esto! ahora soy yo mientras me dicen que tengo que ser hijo, hermano y padre a la vez.

Y me parece que fue ayer, cuando yo era el niño que salía del colegio y gritaba y jugaba y reía sin pensar porque no necesitaba pensar demasiado, porque era feliz.