martes, 11 de octubre de 2011

12 de Octubre, día de la Hispanidad




Fecha universal, señores; encrucijada de la Historia donde se abrió un capítulo sin cerrarse el anterior, donde se tendió un puente de audacias a través del misterio, para ofrecerle a Dios, convertidas en hombres, las sombras precarias y sin destino que vivían más allá del misterio.

Fecha de alumbramiento; es un alto en el proceso de los aconteceres corrientes; es la extraña cifra de un calendario, que, cansado de la monotonía de sus signos, combinó un día con guarismos conocidos una fórmula para seguir midiendo el tiempo con viejos relojes, en el panorama de unas nuevas geografías.

Fecha para el asombro; está en la Historia y excede la órbita de lo episódico; tiene sentido épico y rebosa la fuerza de la epopeya; surge impregnada de lirismo, y no cabe en una oda, ni logra ajustarse en un himno; nace con perfil romántico y va más allá de lo sentimental, de lo generoso y de lo fantástico.

Fecha con alma y con medula, ¡impregnada de esencias! Cuando un pueblo maneja esencias, trabaja con la arcilla de los conceptos inmanentes y mantiene la calidad de sus elementos de trabajo en cualquier parte donde instale su obrador; el 12 de Octubre fue el nexo que vinculó a España y a América con el material siempre inagotable de una vieja artesanía espiritual, de carácter ecuménico, de vocación peregrina, de naturaleza católica, de impulso evangélico y de aliento universal.

Tenemos que darle vigencia total a esas calidades, e integrar con ellas el material de nuestro esfuerzo para la labor conjunta de la Hispanidad.

La Hispanidad, señores, que es un plasma vital necesario para la salud del mundo, debe galvanizarse y reivindicar en la tribuna de las decisiones universales la misma misión rectora que le otorga su tradición.

La Hispanidad es una voz que debe oírse, es una capacidad que debe tenerse en cuenta, es un modo de ser que debe respetarse, es un concepto de la vida y un sentido de la muerte al que no se puede renunciar.

La Hispanidad integra irrenunciablemente Occidente, siente sus angustias, conoce sus peligros y no rechaza su cooperación para la hora de las soluciones. Pero tiene una vieja mayoría de edad y no acepta andadores; tiene conciencia de la inquietud que sacude a la civilización cristiana, comparte sus alarmas y está dispuesta a conjugar el verbo “hacer” todo a lo ancho de sus arriesgadas dimensiones, pero, señores, ¡está dispuesta a conjugarlo en español!

No importa que la Hispanidad esté excluida de los primeros planos en el tinglado de las grandes posibilidades económicas, no importa que escapen a su control las riendas y los timones de la ordenación financiera del mundo.

Nuestro verbo “hacer” es lírico, audaz, generoso y desinteresado; nuestro verbo “hacer” tiene caminos propios, veredas exclusivas, atajos especiales; nuestro verbo “hacer” tiene raíces solariegas, cepas privativas, fundamentos cabales; nuestro verbo “hacer” tiene metas señeras, objetivos inequívocos, hitos singulares. Nuestro verbo “hacer” no es mejor ni peor que otros: es distinto; los hispánicos no pregonamos ser raza privilegiada; somos simplemente diferentes y, por lo tanto, actuamos, sentimos, vivimos y morimos de otra manera.



Yo creo, señores, que ha llegado para la Hispanidad la hora de una nueva cruzada.

Si la Hispanidad se pone en marcha con el oído atento al pasado y el espíritu prudentemente abierto para no estancarse con acartonamiento mi modificarse con novelería; si sabe hacerse solidaria de todo esfuerzo constructivo, venga de donde venga; si sabe poner siempre los ojos en las directivas esenciales de la Silla Apostólica, podrá, como ninguna otra comunidad de naciones, llegar al escenario de las decisiones internacionales trayendo en sus carteras fórmulas que transformen al mundo, de salvaje en humano y de humano en divino.

Y antes de iniciar su marcha con ese bagaje en sus maletas podrá, señores, ponerse de pie sobre el filo de la angustia que vive el mundo, y reclamar desde ese plinto su lugar, diciéndole a ese mundo con voz de pregonero:

¡Paso a la Hispanidad!, que viene de lejos, desde donde empieza el tiempo, y marcha más lejos aun, a donde le lleva su fe católica en los ámbitos de la eternidad.

¡Paso a la Hispanidad!, que aprendió mucho en su camino y quiere transmitirlo en lo que le resta de jornada a cuantos se asomen curiosos a verla pasar.

¡Paso a la Hispanidad!, que trae tanto bagaje de gloria, que llega con alforjas rotas y un cansancio antiguo en su ilustre silueta imperial.

¡Paso a la Hispanidad!, llega con ademán de siembra, su viejo ademán, generoso y amplio, para sembrar en su vereda, para sembrar en los aledaños…¡y más allá!, sin mirar; el morral donde hurga no se vacía nunca, su brazo no se cansa nunca, y llegará un día, ¡el último!, en que caerá en el último metro del último surco… acaso para levantarse más tarde y seguir sembrando, más allá de la resurrección de la carne, ¡en los reinos que no son de este mundo!.