domingo, 24 de junio de 2012

Hacia una ética policial (I) : Opus ustitiae pax



Es obvio que un anhelo de todo hombre es sin duda que su vida se desarrolle en un ámbito en el que reine la paz y que permita desarrollar sus potenciales características de acuerdo a unos principios y de la forma que menos se vean distorsionados. Desde luego en una situación bélica o caótica difícilmente podrá la sociedad desarrollarse de acuerdo a sus potenciales, así como difícilmente también una familia será incapaz de desarrollarse si sus miembros no se encuentran en un estado que sea , cuanto menos, similar a la paz . No concibo ningún ser humano que obre de otra forma aunque si bien es cierto que los seres humanos y sus asociaciones temporales (familias, municipios, naciones, confederaciones, patrias…) poseen en cada lugar y en cada época una forma diferente de alcanzar la ya mencionada paz, incluso a través de la violencia y de sistemas políticos diferentes, estén equivocados o no.

Esto genera una cuestión primordial, ¿es el conjunto de los hombres quien al encontrarse en paz consigo mismo y con su entorno permiten una sociedad en paz? ¿es una sociedad en paz la que permite al individuo desarrollarse? Sin duda ambas son sentencias correctas pero , por separado, insuficientes. Necesitamos conjugar estas dos máximas para que el anhelo del hombre llegue a ser real.

¿A través de qué concepto/obra puede el ser humano alcanzar dicha situación personal y socialmente preferible e ideal? Esto nos lo clarifica una de las mentes más portentosas y justas de su tiempo, San Agustínde Hipona, cuando  nos dice:  <<(…)Actúa con justicia y tendrás paz…estas dos virtudes se aman, se besan. Quizá quisieras tener una de ellas sin la otra. “¿Quieres tener paz?” Todos, de forma unánime, responden: “la quiero, la amo, la deseo”. Ama, pues, también la justicia(…)>>.  Es sencillo, el hombre y su sociedad alcanzan la paz a través de la justicia.  Por lo tanto es fácil afirmar lo que aquel antiguo dicho que Pio XII colocó en su escudo y que da nombre a este artículo: Opus ustitiae pax, es decir, la paz es obra de la justicia.

Hasta aquí queda claro la vital importancia de ese concepto tan manido que es la justicia y que una sociedad tan relativista como la actual pone en tela de juicio constantemente. Pero es ahí donde la sociedad coloca al ser humano individual y corporativo que guarde esa paz a través de la justicia. En este momento se engrasa la maquinaria y aparecen multitud de actores, desde jueces, militares, abogados y , sin duda en primera línea de combate, policías. Por que  los policías tenemos la obligación y el imperativo moral  para que gracias a nuestro esfuerzo individual y colectivo, la sociedad y el ser individual puedan desarrollar todo su potencial material y espiritual. Es decir, el policía en la colectividad es la vanguardia de la justicia gracias a la cual se alcanza la paz. Lógicamente no todo el monte es orégano y una cosa es la situación ideal y otra la real, pero aquí vamos a intentar tratar el como debiera y no el como es.

Para conservar lo anteriormente expuesto debemos incidir en el imperativo moral que posee nuestro oficio y  cómo es deber insalvable el condicionar nuestra función a la justicia. Por ello es necesario conocer que es lo que corrompe la justicia y como debemos evitar esas situaciones; no obstante somos humanos y por lo tanto imperfectos lo que no implica dejadez ni exigencia de autosuperación. 



Para ello, conozcamos y resumamos algunos de los aspectos que dificultan la realización de la justicia y que nos implican a nosotros como hombres y como portaestandartes de ella, solicitando al lector que haga un pequeño esfuerzo primero entre diferenciar el hecho moral del hecho legal:

1-     Es básico entender que difícilmente seremos justos cuando nos demos cuenta de que poseemos un amor desordenado hacia las distintas realidades que nos rodean – el dinero, los amigos, el grupo, el país, …- debido a que inconscientemente trataremos de beneficiarlas mediante nuestra conducta, sintiendo que efectivamente las estamos protegiendo por amor hacia ellas sin darnos cuenta que la realidad se resume en imparcialidad o injusticia. Como hemos dicho, sin justicia no habrá paz.

2-     La mala costumbre que tenemos de cometer  a menudo pequeñas injusticias es un hecho que hace perder lentamente el sentido de la rectitud que la justicia necesita. La justicia debe ser limpia y no nos damos cuenta que el polvo mancha lentamente el uniforme  y sucede que al cabo del tiempo ya que tenemos el uniforme sucio dejamos de temer incluso al barro.

3-     A pesar de nuestro amor por la justicia, solemos ser – como todo hombre- débiles e indecisos. Fácilmente podemos ceder a la presión de aquellos que nos adelantan sin escrúpulos para no tener problemas y sin embargo aplicamos rectamente la ley ante aquellos que no son temibles para nosotros y que generalmente suelen ser los más débiles. De esto podemos poner mil ejemplos cada uno en nuestra vida diaria. Muchas veces depende de cómo o quien sea el objeto de nuestro trabajo a veces actuamos de una forma o de otra; seremos, pues, injustos y como vengo diciendo, sin justicia….    

4-     Nuestras antipatías personales son un verdadero lastre para la justicia general. Es seguro que muchos de nosotros poseemos muchas de esas antipatías, muchas veces es un sistema natural de autodefensa que el subconsciente nos impone y no siempre son negativas en nuestro plano individual; pero no debemos olvidar lo que somos y lo que representamos y a no ser que seamos santos, generalmente procederemos a ser injustos con aquellos que nos son antipáticos. Por ejemplo, como me caen mal los gitanos, procederé de una forma determinada siempre con ellos, por que son unos ladrones, sucios y mentirosos no obrando conforme a lo justo y si  conforme a mis prejuicios. Seré por lo tanto injusto.

Podría serguir con innumerables ponencias, pero dudo que se hayan soportado tan siquiera estas, así que de momento basten para plasmar mis intenciones.

En el siguiente artículo trataremos, siguiendo la estela de San Agustín, de analizar la necesaria autoridad y sus peligros.

Un saludo.