jueves, 28 de junio de 2012

Libertad Religiosa o la fe como fundamento de la patria.

En el epílogo de su “Historia de los heterodoxos españoles”, Don Marcelino Menéndez Pelayo resalta un hecho incontrovertible: fue la fe católica la que dotó a España de una conciencia de nación, de gran nación, librándonos de ser muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para la presa tenaz de cualquier vecino codicioso, y augura que el día en que esa fe se extinga volveremos al cantonalismo de los reinos de taifas.

El odio hacia la religión católica es también odio hacia lo que es constitutivamente español; intento, como señalara Don Marcelino, de viciar, desconcertar y pervertir el modo de ser nacional, de sacar a la superficie todo lo malo, todo lo anárquico, todo lo desbocado de nuestro carácter.

A la postre de todos los intentos de radicar la presencia de la fe católica de la vida social española, son expresiones de un arrebato autodestructivo. Como los alacranes que se clavan su propio aguijón y agonizan víctimas de su propio veneno, nuestros gobernantes pretenden la aniquilación de lo constitutivamente español, marginando la herencia histórica que hizo posible el nacimiento de nuestra conciencia nacional.

La sana laicidad del estado se empieza a confundir con una beligerancia anticatólica que trata de negar al hombre su vinculación con la trascendencia, que trata de borrar nuestra genealogía espiritual y cultural; y borrar esa genealogía es condenar a los españoles al desarraigo, a la orfandad, a la intemperie.

Quienes ahora impulsan esta ley contra la libertad religiosa, que es una ley contra la identidad española , saben que la fe católica guarda en su seno una cosmovisión y una antropología que dan una respuesta cargada de sentido a los grandes anhelos humanos; saben que, como afirmaba Chesterton, esa fe es una dinamita que no solo es capaz de hacer añicos un sistema injusto, sino que puede ser el sustrato sano y firme para una sociedad renovada. Saben que la fe católica es nada más y nada menos que el esqueleto y las entrañas, la musculatura y el espíritu, el alma y el carácter de nuestra identidad nacional.

Eso es precisamente lo que anhelan destruir, para convertirnos, como anticipara Menéndez Pelayo, en muchedumbre de gentes colecticias, sin rumbo y sin norte, condenadas a la disgregación y la inanidad, condenadas también … a despellejarse entre si.