sábado, 13 de septiembre de 2014

Castilla es lo que somos.



Aquella fuerza, como la mar brava, que se inspiraba en la fe más que en el terruño y en futuro más que en el pasado, recorre hoy caminos, paisajes y lenguas que siguen la estela de un viaje que quizás nunca encontró su destino, el viaje del hijo pródigo que aun no ha retornado a la casa del padre, del Padre.  

Un viaje , que como ningún otro pueblo, emprendió con el santo afán civilizador y protector de lo Único que merecía la pena gritar a pulmón limpio sobre los paisajes de este cochino mundo.

Era el único viaje que lograría conservar su identidad.

Su grito, más de angustia que de heroísmo –aunque a veces, demasiadas, fueron de la mano – siguió resonando,  fiel e inquebrantable, al paso de los siglos.  


Ese grito, ese viaje, que demasiadas veces encontró eco y otras muchas , incluso en el hogar, encontró a la vieja amargada que pedía dejase de alzar la voz, que molestaba.

Al final los respetos humanos –malditos sean- consiguieron la tranquilidad y el silencio, pero ese pueblo comenzó a marchitarse; no había sido ideado para el Mundo, para la tranquilidad. Ya no gritaba, ya no viajaba.

Pero, como observaba en el principio, ese grito, ese viaje, aun resuena en el corazón de sus hombres a lo largo y ancho del mundo; un grito, un viaje, que  es espejo de lo que somos y nos obliga a desprendernos de capas, a tomar conciencia de nosotros mismos, a descubrir nuestra esencia; nos permite escuchar la voz antigua y poderosa que desde tiempos ancestrales resuena dentro : <<¡Adelante!¡arriba!¡marcha!>>

Por eso Castilla es la voz que siempre ha estado dentro de nosotros y nos ha conducido a ser lo que somos. Por eso yo tengo ganas de gritar y emprender de nuevo un viaje… para cambiar el mundo.