domingo, 22 de mayo de 2011

Huellas de España en el Perú (José Gálvez Barrenechea)

El espíritu español, sus usos y costumbres están tan arraigadas en el pueblo peruano, que solo necesita para demostrarlo de alguna oportunidad. Si antes no se ha exteriorizado en la forma de ahora, es porque estaba adormecido por la incuria de aquellos que debieron haber mantenido latente los tesoros del espíritu español, encarnado en el pueblo peruano. El artículo que les remito es una prueba de ello, y su autor el distinguido intelectual y poeta peruano, doctor José Gálvez, que posee un espíritu tan selecto como grande es su amor hacia la madre patria España, que es la patria de sus antepasados; ha querido con este artículo probar a todos los peruanos que en el Perú, a pesar de tantas vicisitudes, persisten aun los usos y costumbres que le infundieron los españoles del coloniaje.

El poeta Gálvez nació en Tarma el 7 de agosto de 1885, siguiendo su instrucción primaria en el colegio de los jesuitas, y la media en el Colegio Nacional de Guadalupe. Muy joven ingresó a la Universidad en donde cursó Filosofía, Letras y Jurisprudencia hasta recibirse de abogado.

Como escritor fue uno de los colaboradores de Prisma y ha sido jefe de redacción de La Crónica y de la revista Variedades. Ha colaborado en las principales revistas y periódicos del país, de América y, algunos de España.

Como poeta en 1908 cantó por vez primera entre nosotros a la fiesta de la Primavera y desde entonces se le llamó «Cantor de la Juventud». En 1909 obtuvo en los primeros juegos florales que se han celebrado en el Perú la flor natural y el primer premio por sus composiciones «Canto a España» y «Reino interior» habiendo obtenido además una medalla de oro del Casino Español que le nombró su socio honorario. En 1912 en el concurso para la letra del himno estudiantil entre todos los países de la América ganó el primer premio consistente en una medalla de oro. Es miembro del Ateneo de Lima, de muchos institutos científicos y literarios y es también académico correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua. Ha sido cónsul general del Perú en España y a su vuelta al país dio varias conferencias sobre los progresos de Cataluña, su literatura, su industria, etc., etc. Es comendador con placa de la Orden de Isabel la Católica.

He aquí el artículo de referencia, que remito para que el pueblo español satisfaga su espíritu con su lectura.

Este artículo ha sido publicado en El Comercio de Lima, en la edición extraordinaria del 28 de julio de 1922:

«Por nuestras serranías. Visiones hispanas»

Recuerdo vivamente que cuando fui a Tarma -mi tierra natal-, después de ausencia tan larga que casi no conservaba remembranzas de mi terruño, me llamó la atención, aunque no ahondé en el tema, el marcado aspecto español de no pocos hogares y de muchas costumbres. Estuve poco tiempo en mi tierra y mi observación no pasó de una rápida anotación de viajero.
Fui el año 1916 a Cajamarca y la observación anterior vino a mi memoria robustecida por las visiones que la histórica ciudad, sus costumbres y aun sus tipos me ofrecieron. En los hogares, de solariega expresión muchos de ellos, en los templos, en las calles, en los hábitos domésticos, en ciertos decires arcaicos, en no pocas ceremonias de antañona prestancia y hasta en el aspecto de las gentes, confirmé la volandera impresión que recogí por vez primera en Tarma.

En Cajamarca se siente sobrevivir la vida de la colonia. Todas aquellas rancias y nobles costumbres que don Ricardo Palma nos pinta con hechizadora gracia, viven allí. Los templos guardan aun sepulturas de familia y también determinados altares ostentan el devoto sello de blasonadas estirpes. Pertenecen a las antiguas cofradías caballeros que van en las procesiones llevando cintas, palios, lábaros y guiones con el porte circunspecto con que lo hicieron sus antepasados. Muchos hogares trascienden, como los del Lima viejo, a alhucema, ñorbo y manzanita de olor. Reinan aun las empotradas alacenas, los fraganciosos armarios, los decorativos doseles sobre los labrados tálamos. Todavía en muchas casas se come temprano, se reza el rosario en familia y se bendice el pan de cada día, y en las plazas, en la hora solemne del crepúsculo, cuando la tarde cae, los hombres se descubren con unción y respeto, al toque grave y evocador de la oración. Y en la noche, después del yantar vespertino, se toma en muchas mansiones el suculento chocolate con mazas reales y bizcochuelos y se juega al tresillo...

En las palabras, en las actitudes, en los cariciosos modos hogareños de los cajamarquinos, alienta el hábito cortés de nuestros abuelos. Se oyen arcaísmos castizos, se ven rastros que parecen arrancados de lienzos antiguos, y el respeto por los mayores luce con noble vitalidad de vieja encina. Son muchas las personas que no tutean a sus padres, y los abuelos, como los patriarcas hispanos, tienen, al hablar con sus nietos, ademanes de bendición. En los hogares amplios, olorosos a templo y, a huerto, las manos graciosas tejen y bordan y conservan todavía el suave secreto de las golosinas y de las pastas y dulces caseros. Todo habla del rezago de los tiempos que se fueron, dejando el tesoro de sus costumbres porque en Cajamarca sólo el tiempo se ha ido: los hábitos perduran...

Fue dulce y aquietadora mi estada inolvidable en aquella tierra de mis mayores por sortilegio de la presión de una cautivadora añoranza. Cuando entraba a una casa, sentía como si salieran a recibirme los propios padres de mi abuelo. Todo me hablaba del pasado lento y suntuoso, y el peregrino cosmopolitismo, que trabajosamente se filtra en los hogares, parece palidecer como avergonzado ante la majestad del ayer que sobrevive.

En las reuniones sociales, en las comidas, en las fiestas de aquella ciudad, más de Pizarro que de Atahualpa, reinan la compostura hidalga, la castellana cortesía; la obsequiosidad hospitalaria sin alardes y sin aspavientos. En los grandes patios de las casonas solariegas se respira el ambiente de la colonia.

Todavía se conservan los pozos labrados en piedra y los macizos poyos en los zaguanes recogidos; todavía en las salas hay muebles de vaqueta, baulitos de cuero labrado, miniaturas, medallones, antimacazares, guardabrisas con minúsculas chucherías, tallados arcones y, todavía, tras las puertas de los fragantes aposentos, hay, como vigías celestes, estampas de Crucificados y Dolorosas... Los servidores suelen, como en los más remotos días, besar las manos de sus amos, y en la actitud de las dos clases se advierte que no se rebaja la una, que no se ensorbebece a otra. Es simplemente el hábito que se ha inmortalizado. Así fue y así es.

Como hasta hoy en España, son dulces y frecuentes las frases de cariño a los parientes cercanos. Nunca, al hablar de ellos, se dice: José, Juan Miguel, Manuel María, Francisco, Polita; se dice: mi José, mi Juan Miguel, mi Manuel María, mi Francisco, mi Polita. Enternece ver la tierna solicitud que rezuman los hogares, en los que el aspecto y la marcha de las cosas nos hacen recordar descripciones de olvidados cronistas.

En mi segundo viaje a Tarma y en mi estada allí, la impresión se me hizo más viva, auque esta ciudad es relativamente menos vetusta que Cajamarca y los modernismos parecen encontrar menos resistencia. Y, sin embargo, se ven corros de beatitas en la atrio de la iglesia y animadas tertulias en casa del boticario; en muchos hogares se detiene reverente el tiempo, y en la carne floreciente y joven anima un espíritu antiguo. En la Semana Santa, esa Semana Santa que pierde de día en día su colorido en Lima, un alma española llena de fervor y ostentación las calles. Los indios vienen desde los más lejanos caseríos trayendo flores con las que tejen primorosas alfombras para el paso de las andas. Y no sólo en la Semana Santa y en el Corpus, sino también en las fiestas de la Cruz, ya olvidadas en la capital, y en las romerías a algún Señor milagroso, como el de Muruhuay, hacia el que van los sanos y los enfermos, las mujeres y los varones, los niños y los ancianos, a formular un voto, a entregar, en el murmullo de la plegaria una esperanza. España vive en todas esas costumbres, en la fastuosidad de las fiestas religiosas, en el ingenio de los copleros anónimos, en el anhelo lírico de los jóvenes que aman las noches lunares y las serenatas, y hasta en las leyendas tenoriescas que se cuentan de los patriarcales viejos que fueron jinetes hercúleos y guapos raptadores de mozas garridas...

La perduración española me asombra, porque va más allá de la ciudad, señorea en los caseríos y en las haciendas y se revela en el indio mismo que ha perdido casi por entero su tradición autóctona y en cambio conserva los formulismos que le enseñaron los dominadores. Bastaría este dato, que cualquier observador superficial puede captar, para desmentir la teoría que sostienen algunos de que al indio no lo influyó la Colonia. Tal vez lo influyó demasiado. La que casi no ha ejercido sobre él acción alguna es la República. Véase una función religiosa netamente indígena y se notará que es hondamente española. El indígena conserva su alma herméticamente, pero sus hábitos y sus preferencias decorativas son ibéricas. Sorprende y hace meditar este contraste extraño del indio, afanoso por las mayordomías y los alferezazgos de sus festejos báquicos. Deslumbran sus procesiones carnavalescas, como los antiguos Corpus limeños (y como muchas actuales procesiones españolas), en las que galanamente se muestra el coloreado aspecto colonial.

Lleno de zalemas, de reverencias y de supersticiones, el indio sueña con la vara de Alcalde, con el cargo de Mayordomo o de Alférez Mayor, con todo lo que los conquistadores lo inculcaron. Si es casa, gusta del desfile pintoresco con músicos a la cabeza, bailando con su desposada y sus invitados un pasacalle o cuadrilla indiscutiblemente hispánicos. Recuerdan sus desfiles matrimoniales aquellas antiguas bodas españolas, en que a la cabeza del cortejo va un pobre anciano tocando el violín. Hasta en sus expresiones conserva la huella de la conquista y parece que hubiera olvidado, o la ocultara sombríamente, la memoria de su genuina estirpe. Seguramente el drama entre las dos razas continúa. El blanco sigue siendo el conquistador; el indio es el colono, y si conserva un alma incásica, diré, no la demuestra; aun en sus distribuciones, ha aceptado las formas que impuso la antigua Metrópoli. El sistema de las comunidades, tal como la dispuso una ley de Indias, no es únicamente incaico.

Dígase lo que se quiera, las costumbres del indio actual no parecen ser semejantes a las de sus lontanos ascendientes de la época del Tahuantinsuyo. En los mismos vestidos adoptaron fácilmente las modas españolas, y hasta su música, sino, de los matices más irreductibles de las razas, se dejó modificar por el sello de la música hispana. Preguntados por sus supersticiones, por sus refranes, por su filosofía popular, dan respuestas que revelan cuán honda; fue la acción hispánica y, en cambio, no guardan recuerdos de tiempos anteriores a la dominación peninsular. Sólo los ya algo ilustrados hablan vaga y confusamente de tradiciones lejanas; pero se ve que su expresión no es la ingenua expresión de una memoria virgen y propia. ¿Qué se han hecho la tradición autóctona de las regiones y la genuina de los días imperiales? ¿Fue tan formidable, tan percutiente, tan penetrante la conquista que borró la memoria de las generaciones? ¿Eran débiles y pasajeras las costumbres que los españoles encontraron, tan frágiles y tan peregrinas que pudieron ser arrojadas como un ropaje usado que no sirve? ¿Acaso la verdadera unidad espiritual del Imperio no estaba aun consolidada, cuando llegó el inesperado y trágico derrumbamiento? ¿Aquella sabia y admirable organización de que nos hablan los cronistas autorizados, los historiógrafos eminentes, ¿pudo caer de golpe, sin dejar una huella memoriosa que se transmitiese de los padres a los hijos? Y el sentido religioso, más claramente místico, la interpretación de la Divinidad, del Universo y de la Vida, ¿también han podido hundirse en la sombra, sin dejar en la propia alma indígena una estela? ¿Acaso la solidaridad con la antigua raza no existe, arraigada y consciente, en sus propios retoños, y surge sólo en el mestizaje que la explota como un motivo de especulación económica o política, o en el hombre de letras y en el artista que encuentran en ella un áureo venero sugeridor? Preguntas son éstas que me llenan de confusión y de duda sobre nuestras antiguas civilizaciones y las hago más a título de observación que so capa de tesis.

Y volviendo a mi tema, diré que no sólo observé en Cajamarca la supervivencia colonial, aun en el indio mismo, como he dicho, sino que la he confirmado plenamente en Tarma. No hace mucho fui con un pariente y amigo, el señor Gustavo Allende, a la hacienda «Maco», del señor Manuel Llavería, que ha sabido dar una admirable organización humanitaria y progresista a los indios, que laboran en su fundo. Allí volví a observar la huella ibérica. A la casa y al pedazo de tierra que el indio siembra para sí y su familia -no para la comunidad, entiéndase bien- les llama su solar. De vuelta de la hacienda llegamos a Tapo, un lugar populoso y muy pintoresco, que hace pensar en cuadros de Zuloaga y en descripciones de Baroja y Azorín. Allí es más recia la marca española. Se oyen expresiones tan castizas como «voto» a «volante» y un viejo que me dijo ser «el hijo mayor del pueblo»; a una hiperbólica y generosa indicación que Allende le hizo sobre mi persona, respondió «poniéndose a mis pies» y añadiendo: «Albricias, aleluya».

Lo que conozco de la sierra y lo que personas avisadas me cuentan de otros lugares de la misma región andina, me hacen suponer que doquiera persiste la huella de conquistadores, virreyes, corregidores e intendentes. Por lo que sé de Arequipa, de Ayacucho, de Huancavelica, de Lircay, del Cuzco mismo, mis apreciaciones resultan muy bien acompañadas.

Un engreimiento capitalino ha hecho suponer a muchos que la Colonia fue Lima, y eso no es cierto, y de allí que la sutil distinción entre limeño y nacional resulte vidriosa y quebradiza. ¿Qué es lo limeño? ¿Qué es lo nacional? ¿Se podrá prescindir en el matiz peruano del tinte colonial, para deducir arbitrariamente que lo nacional, es sólo lo quechua, como si la historia no existiese, como si su influjo fuese vano y su acción mentira? ¿No es en la síntesis donde debemos encontrar lo nacional, contando en esa síntesis la cifra que más pese?

Yo de mí sé decir que en los lindos y quietos lugares serranos que conozco, en mi tierra y en la de mis mayores, he sentido un penetrante aroma ibérico. Y hasta en la dolorida música de los yaravíes y de las mulizas, he creído percibir en las noches de las románticas serenatas, la castiza evocación de una España muy joven, muy lírica y muy fuerte...

José Gálvez B.



Fuente: España en el Perú, del español Esteban M. Cáceres, Lima año de 1923