lunes, 24 de marzo de 2014

Reconquista del Espíritu (III): Recuperar la vida



El liberalismo o el “alma liberal”, en un amago de autocomplacencia, se hace una cierta idea del concepto de hombre; sólo ve en él un cliente que satisfacer, unas manos que ocupar, un vientre que llenar, un cerebro donde imprimir machaconamente sus consignas  favorables a la venta de sus productos y a la toma de posesión de sus consignas. Así, en poco tiempo, ha creado una suerte de civilización donde un hombre prodigiosamente disminuido, empequeñecido, pueda moverse como pez en el agua.  Es un mundo servil que potencia la existencia básica del hombre no prefigurada  a imagen de Dios, sino a una grotesca imagen que aquel alma “liberal” tiene constituida, es decir, de un hombre reducido a un doble estado igualmente miserable: el de consumidor y el de contribuyente.

Las civilizaciones de antaño eran formadas, poco a poco, a través de los siglos, por el  esfuerzo más o menos consciente de todos los hombres que las formaban.  Ésta que sufrimos en nuestros días, ha sido como impuesta desde fuera y posee medios cada vez más poderoso para mantenerse contra la voluntad misma de los hombres que la alimentan;  pues es capaz de actuar sobre la voluntad, dominarla, dirigirla a su capricho. ¿No es esto lo que ya está sucediendo?. 

Pues bien, por todo ello, es por lo que digo que el mundo moderno no puede ni podrá nunca ser nunca una civilización  sino una contra-civilización. Una civilización no hecha para el hombre sino que pretende al hombre para ella… a su imagen y semejanza… usurpando así el lugar de Dios.

Habitamos en un mundo que está jodidamente enfermo y por ello es necesario, en primer lugar - antes que nada - reespiritualizar al hombre.  Para ello será necesario movilizar lo más aprisa posible todas las fuerzas del Espíritu que dejamos olvidadas por el camino. ¡Quiera Dios que este bramido de orden parta de mi país, hoy humillado!  el derecho que nuestro pueblo ha merecido a lo largo de su gran historia, es posiblemente el derecho de volver a coger hoy las ideas que antaño difundió abundantemente por el mundo y que el interés, la mala fe, la desgracia, la necedad, han explotado, deformado, gastado, hasta el punto de que él mismo ya no las reconoce.

Recuperar ese espíritu - como decía don Ramiro- no es acaso ¿recuperar la vida?