jueves, 2 de junio de 2011

Integración y pluralismo de la España medieval. Controversias

De la ‘idea imperial leonesa’ al equilibrio de los ‘cinco reinos’ : siglos XII-XIV.
El profesor Luis G. de VALDEAVELLANO ha tratado de dibujar –en el marco general de las oscilaciones hispánicas entre la unidad y el pluralismo- el viraje que va desde la ‘idea imperial leonesa’ a la realidad bajo-medieval de los ‘cinco reinos’:

“Con la muerte del Emperador Alfonso VII (1157)… se inicia el rápido ocaso de la idea imperial leonesa que se extingue en el pensamiento político de la España medieval para no volver ya a resurgir…

Alfonso VII

Va, en efecto a olvidarse casi por completo la vieja idea del Imperio Hispánico, en la que el neogótico reino asturleonés había buscado una fórmula política unitaria que se adaptase a las nuevas circunstancias históricas derivadas del hundimiento del reino hispano-godo… Ahora las circunstancias no serán ya favorables a la restauración de la idea imperial…

En la segunda mitad del siglo XII, ni Fernando II de León ni Alfonso VIII de Castilla, van ya a atribuirse supremacía alguna que se fundamentare en un título de Emperador, y ambos han de contentarse con ser los herederos del Imperio de Alfonso VII sobre toda España.
Alfonso VIII y Doña Leonor

Pero ni esta nueva concepción del reparto de la Península entre los reyes de León y de Castilla será ya posible: el reino de Aragón, unido a Cataluña, va a ser en lo sucesivo un Estado cada vez más fuerte, y el reino de Portugal no hará ya otra cosa que robustecer su independencia (Historia de España, I).

Apunta, a continuación la tesis pluralista de los ‘cinco reinos’:
“Ambos reinos (Corona de Aragón y reino de Portugal) representarán, pues, dos factores decisivos en la disolución de la idea imperial leonesa y al Imperio hispánico sucederá…, como ha mostrado don Ramón Menéndez Pidal, una nueva época en la estructura política de España: la de los llamados ‘cinco reinos’, expresión que será recogida por la historiografía española posterior…, unidos por la solidaridad dinástica sus príncipes, descendientes todos ellos de Alfonso el Magno y de Sancho el Mayor de Navarra, pero sin que haya entre ellos… ninguno que tenga fuerza y autoridad suficiente para hacer que los otros reconozcan su autoridad imperial.

Planteada de forma seria y autorizada la precariedad de varias de las tesis del ‘Imperio leonés’ y de sus aledaños y derivativos, especialmente a través de las magistrales exposiciones de autores como J. VICENS VIVES, lo significativo es la clasificación de la realidad plural de las políticas monárquicas hispanas durante la Baja Edad Media, complementada con las atinadas observaciones de J. Antonio MARAVALL en varios de sus estudios:

“El desarrollo de las raíces peninsulares y especialmente del reino aragonés echa abajo el sistema imperial llevado al máximo desarrollo por Alfonso VII de Castilla.
J.A.Maravall


Pero esto no significa que haya desaparecido, sino que, al contrario, se intensifica grandemente el sistema de los ‘reyes de España’, cada uno de los cuales es rey de su reino y todos a la vez lo son del ‘regnum Hispaniae’.
Por eso todos tienen una posición política y hasta jurídica igual y solidaria… España aparece, en consecuencia, como un símbolo de poder, regido solidariamente por varios reyes… En cualquier caso, es un ámbito que se ofrece unitariamente en un segundo plano y que, en mayor o menor grado, puede actualizarse y de hecho se ha actualizado en diversas ocasiones (El concepto de España en la Edad Media).



Los posteriores objetivos dinásticos y el proceso de unificación hispánica: siglos XIV-XV.

Deben subrayarse, unas penetrantes observaciones de F. SOLDEVILA, a propósito de la trayectoria unificadora de los Trastamaras:
“La entronización, a principios del siglo XV, de la castellana casa de Trastamara en Cataluña y Aragón constituye uno de los hechos más trascendentales de la historia de España.
La dinastía borgoñona, que había dado a los reinos castellanos figuras tan excelsas como Alfonso VIII y Fernando III el Santo había finalizado con el rey Pedro I en 1369; y la dinastía Trastamara que la había suplantado era un linaje bastardo, que debía la corona no sólo a la guerra civil y a la ayuda extranjera sino también al fratricidio. Mal origen y malos comienzos aparentemente.
Pero, si buscamos más adentro de las apariencias,… a pesar de todas sus lacras individuales y hereditarias, por el hecho de haberse aferrado -la dinastía Trastamara- y haber conservado siempre en todas sus ramas un objetivo concreto, viable y nacional y de haber supeditado a él todos lo otros objetivos, fue una de las más trascendentales para la historia de España” (Historia de España, vol II);

y agregará seguidamente:

“Habiéndose renovado en la bastardía…, forjado en una lucha atroz y en una voraz ambición, la dinastía castellana resurge en los Trastamaras, si no más fuerte, más perseverante; si no más grande, más eficaz. Sabe lo que quiere y sabe quererlo siempre…Y lo que quiere –y que realizará finalmente- es conseguir la unión peninsular (mediante el matrimonio de dos reyes Trastamaras: Isabel de Castilla y Fernando de Aragón).

Dibujada la línea del objetivo de unidad peninsular, particularmente vivido por las dinastías castellanas se plantean cuestiones contradictorias y cruciales.
Así, por una parte se ha señalado:
“Desde el siglo XI existía en la Península la idea de que los reyes lo eran “por la gracia de Dios”. Naturalmente, para ser rey era imprescindible ser hijo de rey y de matrimonio canónico legítimo…
Pero este ideal se quebró a mediados del siglo XIV al desaparecer las dinastías legítimas e instaurarse las procedentes de líneas bastardas que necesitarán buscar nuevos elementos de sostén para afianzarse en el trono” (Antonio UBIETO).

Paralelamente se planteaban otras cuestiones que en la práctica habían de revestir mayor repercusión:
“Las circunstancias en que hubo de producirse el advenimiento de la dinastía Trastamara en Castilla pesaron grandemente en su historia ulterior. Mientras en Aragón Pedro el Ceremonioso domeñaba la nobleza,… en Castilla, Enrique II, el primer Trastamara… tenía que claudicar ante los magnates que habían facilitado su triunfo y que le consideraban como el paladín de su causa frente al autoritarismo monárquico.
Enormes ventajas económicas y territoriales fueron adjudicadas a los grandes de Castilla, que en lo sucesivo (hasta los Reyes Católicos) harían imposible con su egoísmo la realización de todo gran ideal político exterior.” (S. SOBREQUÉS).

Las cuestiones anteriores constituyen referencias claves para comprender el oscilatorio y dialéctico movimiento político que gira en torno a la tendencia a la unidad peninsular y al mantenimiento de diversas realidades de pluralismo hispano de modo que al producirse la unión personal de las dos Coronas de la Península, al final del siglo XV, seguirán pesando de forma inevitable en las nuevas orientaciones políticas.

Escribe F. SOLDEVILA:
“Con la confluencia de las dos ramas dinásticas (Trastamaras) castellanas (en Aragón y Castilla), el esfuerzo castellano por la hegemonía había triunfado del esfuerzo por el equilibrio peninsular”;
y J. VICENS VIVES:
“Resuelta la principal fuente de sus divergencias políticas –la duplicidad de influencias de los Trastamaras en la Península-, Castilla pudo ser organizada para desempeñar un papel medular en la sociedad hispánica” (Aproximación a la Historia de España).
“La reanimación de la conciencia unitaria desde el punto de vista geográfico y político reavivó el fuego de las cenizas de viejos recuerdos… Al humanismo catalano-aragonés respondía el humanismo castellano… Definido este ambiente, conocido el linaje y la experiencia de Fernando II (“el Católico”), es casi matemático que reaccionara en sentido unitario” (Els Trastàmares).

Un sentido unitario del que tuvo conciencia el Trastamara aragonés Fernando el Católico, que en 1514 declaró:
“Ha más de setecientos años que nunqua la corona de España estuvo tan acrecentada ni tan grande como agora, assí en Poniente como en Levante, y todo, después de Dios, por mi obra y trabajo” (según J. M. DOUSSINAGUE, El testamento político de Fernando el Católico, documento núm 7).

Artículo extraido de ENLACE , publicado por Alacrán.